sábado, 29 de octubre de 2016

Los ratones sufren el dolor de sus semejantes

Los ratones que están cerca de semejantes que sufren dolor tienen, a su vez, mayor sensibilidad al dolor.

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Aunque creamos que la empatía es un sentimiento humano, está presente en otros seres vivos con los que compartimos este planeta. Es un fenómeno biológico no exclusivo.
Los seres humanos decimos que casi podemos sentir del dolor de un semejante nuestro. Es en lo que están basadas las películas y obras de teatro dramáticas buenas: sentimos lo que el personaje siente.
En el caso de los ratones se puede medir algo muy similar. Según un nuevo estudio, los ratones que pasan tiempo con otros semejantes que experimentan dolor son un 68% más sensibles al dolor que los ratones que no han tenido ese tipo de compañía, todo ello independientemente del nivel de estrés. Se podría interpretar que los ratones pueden sufrir el sufrimiento de los demás, en este caso a través del olor.
El estudio sugiere que el actual método de medir el dolor en los roedores puede que necesite ser reevaluado y que pueden existir mecanismos novedosos en la transmisión del dolor entre humanos que no han sido descubiertos aún.
Andrey Ryabinin (University in Portland) y sus colaboradores se encontraron con el fenómeno por casualidad cuando estudiaban el efecto del alcohol en ratones cuando buscaban nuevas formas de superar la adicción a esta sustancia en humanos.
Uno de los problemas a la hora de dejar el alcohol es el intenso y generalizado dolor a lo largo de todo el cuerpo que experimentan los alcohólicos, lo que les puede llevar a volver a beber.
Estos investigadores estaban precisamente tratado de crear este síndrome de abstinencia en ratones, algo tan difícil de conseguir que hizo a los investigadores cuestionarse si estos roedores eran un buen modelo de estudio para este problema.
El caso es que a los ratones se les daba la posibilidad de beber una disolución alcohólica durante un tiempo y luego se eliminaba tal fuente. El grupo de control, situado en la misma habitación, sólo bebía agua.
Los investigadores entonces realizaban una seria de tests sobre los ratones, tanto los alcoholizados como los de control, para ver su capacidad de soportar el dolor que incluía poner sus colas en agua caliente. La idea era averiguar cómo afectaba el haber dejado el alcohol a los primeros respecto a los segundos.
Los resultados fueron decepcionantes, pues no había una diferencia significativa entre los dos grupos. Pero cuando los investigadores usaron como referencia ratones de otro grupo de control que estaban en otra habitación, comprobaron que estos ratones experimentaban bastante menos dolor que los que tenían síndrome de abstinencia.
Esto sugiere que el primer grupo de control había adquirido la sensibilidad al dolor de sus congéneres alcohólicos con los que convivían.
Así que estos investigadores repitieron el experimento usando una inyección de una sustancia que les causaba inflamación y haciéndolos dependientes de la morfina. Pudieron medir que los ratones no tratados, pero que estaban en la misma habitación que los tratados, eran un 68% más sensibles al dolor que los ratones de control que estaban en otra habitación.
Además, realizaron pruebas para saber si medían el dolor en los animales y no su ansiedad y comprobaron que, efectivamente, estaban midiendo la sensibilidad al dolor.
En estudio previos se sugería que los ratones podían sentir el dolor de sus semejantes al verlos, pero en este caso los ratones de control que estaban en la misma habitación no estaban lo suficientemente cerca como para ver a los que sufrían.
Sospechando que pudiera ser algún tipo de olor desprendido por los segundos lo que debía de afectar a los primeros, los investigadores tomaron algunas partes de la jaula de los ratones sufrientes y las colocaron en la jaula de los ratones del grupo de control que estaban en otra habitación. Comprobaron que, rápidamente, estos empezaban a ser más sensibles al dolor. Así que el olor actuaba de mensajero del dolor.
Aunque es pronto para trasladar este fenómeno a humanos, hay pruebas de que las personas pueden sentir el dolor de los demás. Así por ejemplo, en matrimonios en los que uno de ellos experimente dolor crónico, el otro miembro de la pareja es más sensible al dolor. Quizás haya mecanismos similares al de los ratones en humanos, aunque esto está por demostrar.
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