martes, 5 de julio de 2016

Parece que el agujero de la capa de ozono de la Antártida empieza a reducirse

Anuncian que el agujero de ozono de la Antártida muestra signos de estar reduciéndose por primera vez desde el año 2000. Si el proceso sigue y no hay más emisiones, el agujero se podría cerrarse para mediados de este siglo.

El ozono es una molécula triatómica de oxígeno. En la alta atmósfera forma una capa que nos protege de los perjudiciales rayos ultravioletas (RU) del Sol.
Se cree que a comienzos de la vida sobre la Tierra todos los organismos tenían que ser marinos, pues a la fotosíntesis no le había dado tiempo de producir el oxígeno necesario que permitiera la formación de ozono y la tierra firme era, por tanto, esterilizada por los RU.
La capa de ozono fue descubierta en los años cincuenta del pasado siglo. A mediados de los años ochenta una campaña británica de observación notó que sobre la Antártida la cantidad de ozono estaba cayendo muy rápidamente y que se formaba un agujero de gran extensión en la capa de ozono sobre el continente helado.
No se tardó en encontrar la causa. El efecto de la destrucción de la capa de ozono se debía al cloro liberado por los clorofluorcarbonados, que era el tipo de gas que se empleaba en botes pulverizadores de laca para el pelo, desodorante, etc. También se empleaban masivamente estos gases en los sistemas de refrigeración de todo tipo.
Lo malo del cloro era que destruía el ozono como si fuera un catalizador, ataca a una molécula tras otras y se conserva a sí mismo para destruir aún más. Pero el ozono no sólo es sensible a la presencia de cloro, sino que, además, depende de la temperatura, la luz del sol, condiciones climáticas, erupciones volcánicas, etc.
La peor combinación es cuando el cloro está presente, la luz del sol está presente y la temperatura es baja, que es cuando se forman nubes estratosféricas en donde la química del cloro hace estragos. Por eso es más fácil que se reduzca la capa de ozono en las zonas alrededor de los polos que en otros sitios. En la Antártida el fenómeno suele ocurrir a finales de agosto, cuando el continente emerge del largo invierno, y el agujero alcanza su máximo a principios de octubre.
En 1987 casi todos los países del mundo firmaron el protocolo de Montreal mediante el cual se prohibía el uso de este tipo de gases. Desde ese año las emisiones de clorofluorcarbonados se han ido reduciendo, pero el agujero de la capa de ozono no había disminuido desde entonces. Algo que, por otra parte, era de esperar dada la naturaleza del fenómeno y se esperaba una recuperación a muy largo plazo. Estos gases duran unos 100 años en la atmósfera, así que habrá que esperar mucho tiempo hasta que su efecto haya desaparecido por completo.
Mientras tanto, los efectos de los RU que el agujero ha dejado pasar durante este tiempo han pasado su factura a la vida animal de la zona en forma de, por ejemplo, cataratas en sus ojos, algo que los condena a muerte. Incluso los científicos que trabajan en la Antártida tiene que tener mucho cuidado con la exposición al sol.
Ahora se anuncia que, por primera vez, el agujero de ozono de la Antártida muestra signos de estar reduciéndose. Si el proceso sigue así y no hay más emisiones, el agujero se podría cerrar para mediados de este siglo.
Un grupo de científicos del MIT y de otras instituciones han calculado que este agujero disminuyó en 4 millones de kilómetros cuadrados en septiembre pasado. Un área que representa la mitad de los EEUU continentales. Es la primera vez que algo así pasa desde que empezaron a tomar medidas en el año 2000, que es cuando se alcanzó el máximo tamaño en el agujero.
La reducción del agujero encaja con las predicciones de los modelos y los investigadores implicados han podido ver que en su mayor parte se debe a la reducción de cloro en la atmósfera.
Además, han podido demostrar que la recuperación ha reducido su ritmo por culpa de las erupciones volcánicas.
Para llegar a estas conclusiones usaron las medidas tomadas desde satélites y con globos meteorológicos desde 2000 a 2015 a la vez que realizaban un seguimiento meteorológico. Además del ozono y el cloro se midió la concentración de dióxido de azufre, que es un indicador de la actividad volcánica.
Según la líder del estudio (Susan Solomon, MIT) los científicos implicados en el estudio están seguros de que las cosas que se han hecho han puesto al planeta en la senda de la curación en este aspecto del ozono.
La reducción del agujero no fue todo lo importante que debería de haber sido debido a la erupción del volcán chileno Calbuco. Los volcanes inyectan partículas que permiten la formación de nubes estratosféricas polares sobre las que actúa el cloro, por lo que las erupciones tienen un efecto indirecto que es negativo sobre la recuperación de la capa de ozono.
Estas nubes proporcionan una superficie en la que el cloro de origen humano procedente de los clorofluorcarbonados reacciona con el ozono.
Estos científicos creen que, conforme el cloro se vaya disipando y desapareciendo de la alta atmósfera, el efecto indirecto de las erupciones volcánicas sobre el ozono se irá reduciendo con el tiempo.
Este grupo de investigadores espera hacerse una mejor idea de lo que está pasado en septiembre de este año, cuando vuelvan a realizar las mediciones. El mes de septiembre es el mejor para este tipo de estudio porque el agujero está muy avanzado, pero no se notan aún los efectos meteorológicos que se dan en octubre y que enmascaran las medidas, pese a que en ese mes el agujero es mayor.
Con estas nuevas cifras podrán calcular el ritmo de recuperación y confirmar si a mediados de siglo el problema ya no existirá.
La moraleja de todo esto es que el trabajo de científicos y de diplomáticos permitió dejar a un lado los intereses de la industria y evitar en la medida de lo posible un problema ambiental colosal.
Algo debe de haber cambiado desde los ochenta como para que a los científicos, ahora climatólogos, se les nieguen sus resultados respecto al calentamiento global y sigamos con las emisiones de gases de efecto invernadero.
La lección del protocolo de Montreal es que, si la humanidad quiere, se pueden resolver los graves problemas medioambientales que amenazan la vida en la Tierra y la supervivencia humana. La pregunta es: ¿queremos hacerlo?
Es duro pensar sobre el posible comentario de nuestros descendientes cuando digan eso de: pudieron evitarlo y no hicieron nada.
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